Las conferencias internacionales americanas bajo el control de Estados Unidos y las diversas experiencias de integración soberna que tuvieron por escenario a nuestra región son analizadas en esta columna por el historiador Horacio López, como un aporte que permite reflexionar acerca de los caminos abiertos para la construcción antiimperialista de la Patria Grande.
Las Conferencias Internacionales Americanas reemplazaron a las que convocaba la vieja Unión Panamericana de fines del siglo XIX, inventada por EE.UU. para mejor dominar al continente. Ante la realidad del mundo surgido después de la segunda guerra mundial impusieron este nuevo instrumento; se reunieron a intervalos variados. La primera se realizó en México en 1945 y tuvo por objeto debatir actividades conjuntas a ser emprendidas por los Estados americanos. En 1947, y ya influenciada esta instancia por la llamada Guerra Fría, se adoptó en Brasil el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) con el fin de asegurar la legítima defensa colectiva ante un eventual ataque de una potencia de otra región y decidir acciones conjuntas en caso de un conflicto entre dos Estados partes del Tratado. Todo esto dirigido, obviamente, contra el enemigo comunista, aunque se planteaba en general como apuntando a cualquier Estado que se manifestara hostil, saliéndose del liderazgo yanqui. Este Tratado mostró su hipocresía cuando se intentó hacerlo valer en la guerra de Malvinas en 1982 contra el enemigo inglés. Claramente se había construido para referirse a los que EE.UU. consideraba sus enemigos y no valía cuando, en este caso, el enemigo de Argentina era amigo de Estados Unidos.
Estas Conferencias Internacionales en 1970 fueron reemplazadas por las sesiones de la Asamblea General de la OEA, organismo existente desde 1948, luego de que entrara en vigencia el Protocolo de Reformas a la Carta de la Organización de los Estados Americanos, adoptado en Buenos Aires. La OEA fue durante toda su existencia, y lo sigue siendo, un “Ministerio de Colonias” de los Estados Unidos, empujando a los países miembros, salvo honrosas excepciones circunstanciales y otras excepciones permanentes como Cuba y luego Nicaragua y más aquí Venezuela, a votar decisiones de conveniencias para el imperialismo yanqui.
Diversas experiencias de integración
Durante el siglo XX se constituyeron experiencias de integración entre los países latinoamericanos, las que más allá de avanzar en algunas medidas positivas de beneficios mutuos y consolidación de lazos unitarios, cuando no sirviendo a intereses neoliberales, no salieron de la dependencia que impone el marco económico dictado por Estados Unidos. Algunos ejemplos fueron y son la Comunidad Andina, formada por Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú ; la Alianza del Pacífico integrada por Chile, Colombia, México y Perú; el CARICOM, Comunidad de los países del Caribe, en su mayoría islas de las Antillas menores; la ALADI, Asociación Latinoamericana de Integración, que es el mayor grupo de integración de América Latina, creado para fomentar el desarrollo económico-social y establecer un mercado común regional. Y por supuesto el más conocido por nosotros, el MERCOSUR (Mercado Común del Sur), creado en 1991 mediante el Tratado de Asunción, por parte de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, nacido como un polo de integración regional y como una unidad económica para proyectar en el mercado internacional. Posteriormente se incorporaron a él Venezuela (que por razones políticas reaccionarias fue suspendida en 2016) y Bolivia. El resto de los países de Sudamérica figuran como observadores asociados.
Desde este mercado, negociado por más de 20 años, se impulsó un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, que se constituye como la mayor zona de libre comercio del mundo. El libre comercio, como política del neoliberalismo, combatido por la izquierda y el progresismo cuando se intentara promover el ALCA, se acaba de concretar con este tratado. Los parlamentos sudamericanos terminaron de aprobarlo en febrero de este año, mientras en Europa hay fuerte resistencia; Francia lidera el temor de los agricultores europeos ante la posible "inundación" de productos baratos del Cono Sur (carne de res, aves, azúcar). Se cuestiona que las normas sanitarias y de producción no sean equivalentes, provocando protestas.
Por esto la Unión Europea confirmó que aplicará el acuerdo de manera transitoria a partir del 1°de mayo hasta tanto logre las aprobaciones en cada país miembro y se expida la Justicia europea que analiza si el tratado no contradice normativas existentes.
Como contrapartida lo que de este lado no se ven son los perjuicios que sufrirán nuestros países, ya que exportaremos productos agrícolas y alimenticios con bajo o nulo valor agregado, mientras Europa nos llenará de productos manufacturados con alto valor agregado. Se concentrarán aquí las grandes multinacionales, con el perjuicio para las Pymes y la industria nacional en su conjunto. Sin hablar de cómo acapararán las industrias europeas todas las licitaciones estatales para obras de envergadura y suministros de todo tipo, incluyendo especialmente la industria extractivista y la exportación de automóviles, químicos y maquinaria europea.
Contradicciones con el imperialismo
En el marco de este mundo cambiante, surgen cuestiones contrapuestas. Una cosa son los intereses económicos y comerciales de nuestros países dependientes, y otra los intereses del imperialismo. El impulso del Corolario Trump, reinterpretación imperialista de la Doctrina Monroe de 1823, que busca consolidar la preeminencia absoluta de EE.UU. en Nuestra América, surgió fundamentalmente para asegurarse los recursos naturales y frenar la influencia de China, y además con el pretexto de combatir el narcotráfico lograr alinear militarmente a los gobiernos latinoamericanos a Washington. En dicho documento se plantea que “no se tolerarán desequilibrios comerciales, prácticas económicas predatorias y otras imposiciones que perjudiquen nuestros intereses”. Con esos objetivos Donald Trump utiliza los aranceles como arma de guerra comercial. En estos desequilibrios que genera, no sólo en América Latina sino en el mundo, atacando así a China fundamentalmente, y perjudicando a Europa por diversos motivos, ahora se propone revisar el tratado comercial que vincula a su país con Canadá y México.
En el caso del tratado Mercosur – Unión Europea se generan algunas contradicciones con EE.UU. Por empezar Europa ya no es tan “amiga y aliada del país del norte”, sobre todo a partir de la guerra en Irán y el desplante de la OTAN en cuanto a la ayuda militar que Trump le solicitara. Así que el Corolario Trump que justamente plantea la vieja receta de Monroe “América para los americanos (del norte)” se encuentra con que Europa se le meterá en Sudamérica a disputarle negocios. Habrá que observar cómo se desarrolla esa contradicción entre potencias, en la que los sudamericanos no cortamos ni pinchamos.
Las verdaderas integraciones y Alianzas soberanas
En Nuestra América tenemos antecedentes en el siglo XXI que fueron intentando el camino de irnos separando de la dominación y dependencia. En orden de aparición tenemos la ALBA (Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América), propuesta por el presidente de Venezuela Hugo Chávez en 2001 en el marco de la III Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la Asociación de Estados del Caribe, celebrada en la isla Margarita, Venezuela. Se concibió como un espacio de encuentro de los pueblos y gobiernos que consideran que la América Latina Caribeña conforma una gran Nación, que estos países deben unirse para enfrentar conjuntamente los desafíos del presente y del futuro. El documento político del ALBA señala que “se sustenta en los principios de solidaridad, cooperación genuina y complementariedad…en función del bienestar de nuestros pueblos, de sus recursos naturales –incluido su potencial energético-… y en la atención de las necesidades y aspiraciones de nuestros hombres y mujeres”. Esta asociación, que es todo lo contrario al ALCA, está integrada por Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua, Dominicana, y las islas caribeñas de Antigua y Barbuda, San Vicente y las Granadinas, San Cristóbal y Nieves, Granada y Santa Lucía. La aspiración de los líderes que la impulsaron era ampliarla a más países del continente pero los avatares de la política llevaron a la aparición de varios gobiernos de derecha que frustraron ese deseo. Incluso la derrota del MAS en Bolivia hace poco, hace suponer que este país no durará mucho en su seno.
En 2008 surge UNASUR (Unión de Naciones Sudamericanas), quizás la organización intergubernamental más profunda en todo este proceso que comentamos. El objetivo fue la integración regional en áreas sociales, políticas y económicas, con una clara intención de soberanía e independencia. Inicialmente incluyó a 12 países: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela. En su esplendor, UNASUR construyó su sede en Ecuador, un hermoso edificio. Una muestra de esa profundidad fue el ejemplo de constituir en Buenos Aires un foro para analizar y desarrollar una original hipótesis de conflicto - primera vez en nuestra historia- de nuestros países ante una supuesta y potencial invasión del imperialismo. Cada país integrante envió un representante permanente con rango de Embajador para ese trabajo. Obviamente que ese objetivo al igual que esa organización regional sufrió la crisis ideológica por la que se transmutaron varios países y quedó en estado latente. Hoy en día Brasil, Colombia, Venezuela, se han reunido e intentan reflotar esa magnífica herramienta.
En 2011 se da un paso importante al crearse la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), integrado por los 33 países de América Latina y el Caribe, sin la participación, por primera vez en más de siglo y medio, de Estados Unidos y Canadá. El enfocarse exclusivamente en los países de la región, se saca de encima la influencia y dominación que Washington ejercía y ejerce a través de la OEA, que como hemos definido es un denigrante “Ministerio de Colonias” al servicio de los intereses del imperialismo yanqui. La CELAC es un mecanismo intergubernamental de diálogo y concertación política que busca promover la integración regional y la cooperación, operando sobre la base del consenso. Entre sus objetivos figuran fortalecer la unidad, la cooperación en temas sociales, educativos, agrícolas, culturales y energéticos, y fomentar alianzas estratégicas. La Presidencia Pro Tempore es ejercida de manera rotativa.
Hubo momentos importantes en las decisiones de la CELAC. En septiembre de 2024 en Honduras, a 15 años del golpe de Estado contra el presidente Manuel Zelaya, esta jugó un papel destacado para contener los intentos desestabilizadores en ese país centroamericano contra el gobierno de Xiomara Castro y en el repudio a los planes golpistas contra el gobierno boliviano de Luis Arce. En abril de 2025, también en Honduras, se aprobó en la Cumbre de la CELAC una propuesta de la mexicana Claudia Sheinbaum de realizar una cumbre económica para una mayor integración regional, con las objeciones y falta de consenso de Argentina y Paraguay, cuyos gobiernos reaccionarios denunciaron que el documento reflejaba sólo una visión de izquierda.
En la Cumbre de marzo de 2026 celebrada en Bogotá, Colombia, hubo un enfoque sobre la cooperación CELAC – África y se afirmó el compromiso de enfrentar al cambio climático e impulsar el desarrollo sostenible. Dicho encuentro finalizó con baja participación presidencial y sin consenso sobre temas claves como Cuba, lo cual muestra como la derecha en el continente boicotea toda iniciativa de unidad. Hubo sí el compromiso con la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, lo cual se inscribe en la génesis de la CELAC, y expresa una clara preocupación por las amenazas y agresiones estadounidenses contra la región que “violan la Carta de las Naciones Unidas”. Allí asumió la presidencia Yamandú Orsi de Uruguay, en reemplazo de Gustavo Petro de Colombia.
Conclusión Final
El concepto Patria Grande englobaba, desde los inicios de la guerra de independencia, el anhelo de la unidad de los países de Nuestra América bajo el principio de que la unión hace la fuerza y de que una institucionalidad superior a la de cada joven república nos permitiría defender con más fuerza la soberanía lograda. Ese concepto sigue vigente y se ha ido mostrando a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI en diversas experiencias reseñadas, en algunas en forma superficial o débil, en otras como ALBA, UNASUR y CELAC con mayor fuerza. Ese será el camino a seguir desde las fuerzas de izquierda y progresistas de la región tras el objetivo de la independencia y liberación definitiva.
2026 | Partido Comunista de la Argentina. Rosario