Política

China frena despidos a causa del avance de la inteligencia artificial y el gobierno argentino apuesta por un “desarrollo” desregulado

China frena despidos a causa del avance de la inteligencia artificial y el gobierno argentino apuesta por un “desarrollo” desregulado
08 de Mayo de 2026

Un fallo judicial en la ciudad china de Hangzhou prohibió reemplazar trabajadores por sistemas automatizados y marcó un límite al avance de la IA sobre el empleo. En contraste, el gobierno argentino impulsa medidas para atraer capital tecnológico y entidades gestionadas por inteligencia artificial, en medio de vínculos crecientes con figuras como Peter Thiel y el ecosistema Palantir y de la mano de una reforma antiobrera que barre con los derechos laborales conquistados.

El avance de la Inteligencia Artificial (IA) en el mundo laboral acaba de chocar con un freno judicial contundente en Hangzhou. El Tribunal Popular Intermedio de esa ciudad dictaminó que las empresas no pueden despedir empleados con el único objetivo de que sean reemplazados por sistemas automatizados, en un fallo que ya es considerado un precedente clave en la República Popular China.

La sentencia favorece a Zhou, un supervisor de control de calidad que había sido despedido tras la implementación de un software de IA capaz de realizar sus tareas. Según reveló la agencia Xinhua, los jueces consideraron ilegal dicha decisión empresarial y establecieron un límite claro: la automatización no puede ser utilizada como excusa para echar trabajadores.

Zhou había sido contratado en 2022 para supervisar el funcionamiento de modelos de lenguaje, verificando que las respuestas fueran precisas y no infringieran la ley ni la privacidad. Su salario alcanzaba los 25.000 yuanes mensuales (unos 3.700 dólares), pero cuando la empresa automatizó sus funciones intentó degradarlo con un recorte del 40%. Ante su negativa, fue despedido bajo el argumento de “reestructuración de personal”.

La justicia desestimó esa justificación. El tribunal sostuvo que la empresa no enfrentaba dificultades operativas ni condiciones que hicieran imposible continuar el vínculo laboral. Además, consideró abusivo el intento de reducción salarial.

Este fallo refuerza otro precedente reciente en Beijing, donde un trabajador también logró revertir su despido tras ser reemplazado por un sistema automatizado. En ambos casos, los tribunales coincidieron en que la adopción de IA es una decisión empresarial y no una “causa de fuerza mayor”. En consecuencia, las compañías no pueden trasladar los avances tecnológicos como un riesgo para las funciones de sus empleados.

En ese marco, el rol del Partido Comunista Chino aparece como un intento de equilibrio: promover la innovación tecnológica sin permitir que derive en una expulsión masiva de trabajadores del sistema productivo. La intervención judicial sugiere que, al menos en esta etapa, el Estado busca contener los efectos más disruptivos de la automatización sobre el empleo.

Karl Marx ya advertía que el desarrollo tecnológico en el capitalismo tiende a sustituir trabajo humano por máquinas, generando lo que denominó un “ejército industrial de reserva”: una masa de trabajadores desocupados o subempleados que presiona a la baja los salarios y fortalece el poder de explotación del capital. La inteligencia artificial aparece así como una nueva fase de ese proceso histórico, donde algoritmos reemplazan funciones cognitivas antes consideradas exclusivamente humanas.

Mientras China bajo el liderazgo del PCCh endurece su postura regulatoria en el uso de la IA, en Argentina el enfoque al respecto es hoy bien distinto. El ministro desregulador Federico Sturzenegger impulsa una reforma para crear “sociedades de inteligencia artificial”, entidades jurídicas compuestas exclusivamente por programas, sin intervención humana. Inspirada en modelos como el de Irlanda, la iniciativa busca atraer agentes de IA al país tentándolos con beneficios impositivos que podrían ser aún más jugosos para sus interes con el reciente anuncio del “Súper Rigi”. Todo esto, claro, mientras en paralelo se sigue desfinanciando al complejo científico-tecnológico nacional y, consecuentemente, resignando cada vez más soberanía.

Recientemente, la visita a Argentina de Peter Thiel, cofundador de Palantir y figura cercana a círculos de influencia tecnológica y geopolítica estadounidense, ha reforzado la atención sobre esta estrategia aperturista, o entreguista para denominarla sin eufemismos. Thiel, conocido por su participación decisiva en Palantir —una empresa vinculada al análisis de datos y al espionaje de inteligencia a nivel global—, se reunió con autoridades locales, y con el propio Sturzenegger, para discutir posibles colaboraciones en el marco de la atracción de sistemas de IA y plataformas de datos avanzadas. Su presencia subraya la intención de posicionar a Argentina dentro de redes tecnológicas globales que operan en la frontera entre innovación, capital y seguridad y evidencia, asismismo, el vínculo directo entre estas iniciativas y los intereses de Estados Unidos en nuestro país y nuestra región.

La propuesta del gobierno argentino apunta a capturar parte de un mercado que, según estimaciones, podría representar hasta el 90% del PBI mundial en el futuro mediato. A diferencia del enfoque chino, una potencia pionera en materia de Inteligencia Artificial pero abocada fuertemente a proteger al mismo tiempo el empleo, armonizando así el avance de sus fuerzas productivas; la premisa de la Argentina mileísta prioriza la atracción de inversiones para la innovación tecnológica buscando sumar actores internacionales de alto perfil que, como en el caso de Palantir, vuelcan sus capacidades al servicio de los planes de dominación del imperialismo.

Mientras China, principal potencia económica global, impone barreras para evitar que la automatización amplíe el “ejército de reserva” descripto por Marx, un país cada vez más desindustrializado y dependiente como el nuestro explora cómo integrar la IA a su economía sin prever ningún tipo de regulación y para beneficio de las grandes corporaciones transnacionales. Dos caminos opuestos en una etapa histórica en la que el acelerado desarrollo tecnológico está redefiniendo la relación entre el capital y el trabajo.

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