“Nadie se salva solo, esta es una de las enseñanzas más importantes que nos dejó el Cordobazo”, asevera en esta columna el secretario Sindical del Partido Comunista de Córdoba y delegado de Luz y Fuerza, Rodolfo Leyría.
Hoy nos convoca una fecha que no pertenece solamente al pasado. El aniversario del Cordobazo no debe ser recordado como un ejercicio de nostalgia, sino como una oportunidad para reflexionar sobre la dignidad, la organización y la lucha colectiva. Es, en definitiva, la historia de lo que sucede cuando un pueblo pierde el miedo.
En mayo de 1969 gobernaba la dictadura de Juan Carlos Onganía. Habían intervenido sindicatos y universidades, perseguido dirigentes, reprimido estudiantes y aplicado un brutal ajuste sobre el salario de los trabajadores. Pretendían construir una Argentina disciplinada, obediente y silenciosa.
Sin embargo, Córdoba tenía otra historia. Córdoba contaba con un movimiento obrero organizado, estudiantes comprometidos y una profunda tradición de lucha que se había forjado durante décadas.
De aquella experiencia surge una de las enseñanzas más importantes que nos dejó el Cordobazo: nadie se salva solo.
El Cordobazo fue posible porque existió unidad. Unidad entre obreros mecánicos, lucifuercistas, metalúrgicos, choferes, estudiantes y vecinos. Fue la demostración concreta de que cuando el pueblo se une, incluso las dictaduras pueden temblar.
Al recordar aquellos acontecimientos aparecen inevitablemente nombres fundamentales de nuestra historia, como Agustín Tosco, Elpidio Torres y Atilio López, junto a miles de compañeros y compañeras anónimos que pusieron el cuerpo en las calles para enfrentar la injusticia.
Tosco sostenía que “la lucha de los trabajadores no tiene sentido si no es por la liberación de todo el pueblo”. En esa definición se encuentra una de las claves más profundas del Cordobazo. No fue una pelea corporativa ni una protesta limitada a una reivindicación salarial. Fue una lucha por la dignidad, la democracia, la justicia social y la soberanía.
El Cordobazo cambió la historia argentina. Demostró que las dictaduras no eran invencibles, abrió una profunda crisis política para el régimen de Onganía y dejó una enseñanza que continúa vigente: los derechos no se regalan. Cada derecho laboral, cada conquista sindical, cada convenio colectivo, cada jornada de ocho horas, cada salario digno y cada derecho que hoy algunos intentan presentar como un privilegio fueron conquistados mediante la lucha.
Por eso el Cordobazo sigue incomodando, porque existen sectores que pretenden trabajadores resignados, sindicatos débiles y una sociedad individualista donde cada persona deba arreglarse por su cuenta.
Intentan convencernos de que la organización colectiva ya no sirve, de que el sindicalismo es un problema y de que la solidaridad pertenece al pasado. Sin embargo, si algo demuestra el Cordobazo es exactamente lo contrario: cuando el pueblo trabajador se organiza, tiene la capacidad de torcer el rumbo de la historia.
Desde Córdoba tenemos una enorme responsabilidad. No somos herederos de una simple postal histórica. Somos herederos de una tradición de lucha.
Ser herederos del Cordobazo no significa repetir consignas vacías ni vivir mirando permanentemente hacia atrás. Significa estar a la altura de nuestro tiempo. Significa defender el trabajo argentino, las empresas públicas, los derechos laborales, la educación pública y la soberanía nacional. Y hacerlo con organización, conciencia y unidad.
También es importante recordar que el Cordobazo no fue un hecho espontáneo. Hubo militancia, organización gremial, debate político y compañeros que arriesgaron su libertad, su trabajo e incluso su vida. Ese también es un mensaje para el presente: nada importante se consigue desde la comodidad o la indiferencia. Las transformaciones profundas nacen siempre de la participación colectiva.
Con frecuencia se intenta reducir el Cordobazo a un acontecimiento histórico encerrado en los libros. Pero el Cordobazo sigue vivo cada vez que un trabajador se organiza, cada vez que un delegado defiende a sus compañeros, cada vez que un estudiante lucha por la universidad pública y cada vez que un pueblo decide ponerse de pie frente a la injusticia.
Las generaciones que protagonizaron el Cordobazo no eran superhéroes. Eran trabajadores y estudiantes comunes. Tenían miedo, enfrentaban problemas y mantenían diferencias entre sí. Pero comprendieron algo fundamental: existen momentos en la historia en los que hay que elegir entre resignarse o luchar.
Ellos eligieron luchar. Y gracias a esa decisión dejaron una huella imborrable en la historia argentina.
Por eso, a tantos años del Cordobazo, el mejor homenaje no consiste únicamente en recordarlo. El mejor homenaje es sostener sus banderas: la unidad, la dignidad, la solidaridad y la lucha colectiva. Porque mientras exista injusticia y mientras intenten avanzar sobre los derechos del pueblo trabajador, el Cordobazo seguirá vivo en la memoria y en la conciencia de nuestro pueblo.
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