Colombia es una pieza clave de Estados Unidos que desde 2022 se hallaba al margen de su tablero político. El regreso de Trump a la Casa Blanca anticipó un incremento de la presión para reordenar su tradicional zona de influencia, o como prefieren decir sus estrategas: el patio trasero. La priorización del hemisferio occidental en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 confirma un derrotero trazado para colorear con tinte neorreaccionario el mapa continental. El turno de Colombia llegó con un personaje caricaturezco que enmascara, entre la sorna y la excentricidad, el peligro de un retorno del uribismo que ahora mezcla el libertarianismo y la contrainsurgencia. Abelardo De La Espriella abre un capítulo desafiante para las fuerzas alternativas. Por Christian Arias Barona (*)
Una ceremonia de realineamiento
El pasado 7 de agosto, Abelardo De La Espriella tomó posesión del mando presidencial en una atmósfera inusual y sobrecargada de señales políticas. Trasladó la ceremonia del Congreso y la Plaza de Bolívar a un auditorio de Cali -ciudad donde perdió la elección por 60 %- y al Batallón Pichincha del Ejército Nacional. Es decir, su primer discurso no fue ante la ciudadanía sino ante las Fuerzas Militares. Entre las sillas vacías del auditorio resaltaba una comitiva internacional de representantes de la órbita trumpista continental y la ausencia de grandes poderes. Las caras de Milei, Noboa, Kast y Asfura, entre otros, componían una fotografía del reordenamiento regional y la subordinación a Donald Trump.
La alianza con el sionismo fue otra clave del evento. La presencia del canciller israelí Gideon Sa’ar estuvo reforzada por el mensaje del rabino David Michaan en la ceremonia que anticipó el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Colombia y la entidad sionista. Enseguida, las primeras medidas para declarar el nuevo alineamiento consistieron en el reconocimiento de soberanía de: 1) el reino marroquí sobre los territorios ocupados del Sáhara Occidental y 2) de Israel sobre el Golán sirio, ocupado ilegalmente desde 1967.
Estos primeros movimientos del presidente entrante remedan la “occidentalización dogmática” de Javier Milei, a quien De La Espriella ha dicho querer imitar. Casi compitiendo con su par argentino, el caribeño ha dispuesto que Medellín sea la sede del Escudo de las Américas, una iniciativa militarista liderada por Trump por fuera de los mecanismos institucionales del Sistema de Seguridad Hemisférica y con menos posibilidades de control político.
Regeneración o empate hegemónico
Hay dos escenarios en disputa que mantendrán la tensión del próximo cuatrienio. De La Espriella propuso una “regeneración” que emula al proyecto conservador de los albores de la República de Colombia, que en 1886, bajo el lema “una nación, un pueblo, un dios”, instituyó un régimen de persecución de opositores hasta 1930. La nueva regeneración alienta una solución de compromiso que, como ha sido recurrente en la historia del país, convide a las élites, fracciones de la clase dominante y las mafias a un pacto político bajo un programa liberalizador, punitivista y subordinado al liderazgo neorreaccionario de Estados Unidos. La peculiaridad de este nuevo momento contiene dos rasgos. Por una parte, la senilidad del imperialismo y su desesperado repliegue para controlar el abastecimiento de minerales críticos, agua e hidrocarburos. Por otra, la apuesta por gobernantes despojados de estructuras partidarias que condicionen sus decisiones; Milei, Noboa y De La Espriella son los mejores ejemplos.
Como alternativa a ese proyecto de regeneración se impone un posible escenario de empate hegemónico. Esto sería posible si se mantiene activa y movilizada la fuerza social que expresó la mitad del electorado que votó por Iván Cepeda y el proyecto del Pacto Histórico, para oponerse a los intentos de desmantelar lo logrado por Gustavo Petro. Esa fuerza social cuenta con una representación política inédita en el Congreso, que, aunque no es mayoritaria, podría obstaculizar los planes del oficialismo. Si entre 2018 y 2022, una representación minúscula logró ejercer una incómoda oposición al uribista Iván Duque, el actual partido con más representantes en la Cámara y el Senado debería poder contener mejor la contrarreforma que preludia De La Espriella; algo que dependerá de la capacidad de cohesión interna y la claridad de la conducción política.
No obstante, el peligro de un escenario de empate es la frustración política de De La Espriella y sus aliados. ¿Se mantendrían pacientes si no logran aplicar reformas hasta un nuevo turno electoral? A pesar de los avances en materia de paz y desarme, persisten estructuras mafiosas surgidas del paramilitarismo que conservan sus prácticas y sus redes de alianzas. Por lo tanto, un llamado a la acción puede bastar para reactivar los resortes del terror y que se busque desbloquear la resistencia popular a la fuerza como se hizo antaño.
Desafíos de las fuerzas alternativas
Hay al menos tres grandes desafíos para las fuerzas alternativas y de oposición en Colombia, lideradas fundamentalmente por el Pacto Histórico. Establecida como partido político legal y estructurado bajo un formato en construcción de “partido-movimiento”, el Pacto Histórico está compuesto por grupos heterogéneos que incluyen al Partido Comunista, la Unión Patriótica, Colombia Humana, Polo Democrático Alternativo, Progresistas y otras agrupaciones de base. Fuera de él permanecen movimientos sociales y partidos de la izquierda histórica con los que ha establecido alianzas o acuerdos mínimos, pero sin coincidencia suficiente para integrarse en una fuerza unitaria. Los desafíos convergen en avanzar en la organización, sostener la movilización y ampliar el gobierno local.
El primer desafío está en la organización de la fuerza política alternativa. Enfrentar la embestida conservadora demanda una estrategia que vaya más allá del cumplimiento de los requisitos institucionales y de la formalidad del sistema de partidos. Dicha estrategia debe clarificar prioridades, establecer mecanismos de democracia interna para tomar decisiones y construir nuevos liderazgos. En lo inmediato, la dependencia del liderazgo de Gustavo Petro debe ser superada por una conducción política con legitimidad colectiva. Quizás, cuando se haya saldado el balance de la campaña presidencial, Iván Cepeda pueda ser una figura aglutinadora.
En segundo lugar, y consecuentemente a lo anterior, está mantener a la fuerzas sociales anti establishment activas y en alerta de movilización ante los intentos de desmantelar derechos adquiridos. La segunda vuelta presidencial demostró la capacidad de los sectores populares para apropiarse de las consignas del programa antineoliberal. En especial, la juventud marcó un potencial a favor del campo opositor por su dinamismo y su perspectiva. El problema está en que deben reconectarse los lazos entre el instrumento político y las bases sociales para concatenar los esfuerzos en un mismo proyecto.
Por último, se avista en el horizonte el siguiente round electoral para consolidar un poder local. En octubre de 2027 serán las elecciones de gobernaciones, alcaldías y de los órganos legislativos locales, que pondrán a prueba el caudal electoral y la organicidad de las fuerzas alternativas. El desafío preliminar se vincula al punto anterior: la democracia interna para elegir las candidaturas. Si opera nuevamente el sectarismo y los arreglos entre cúpulas, el Pacto Histórico correrá el riesgo de repetir los resultados de 2023. Si, en cambio, incorpora a su estructura al movimiento real que compone el pacto en las regiones, puede dotar de legitimidad a sus referentes y presentar candidaturas unitarias. Afincarse en los territorios será un contrapeso invaluable para la correlación de fuerzas, que podrá bloquear la "regeneración" y aportar experiencias exitosas de gobierno de cara al futuro.
*Politólogo colombiano. Docente universitario e investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC-UBA) y de Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.
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