En unos comicios en los que Netanyahu quiso proscribir a la izquierda y a los partidos árbaes, el resultado está abierto entre dos bloques que prometen continuar con el genocidio palestino, así como con la estrategia supremacista y guerrerista que desestabiliza Medio Oriente. Por su parte, La Lista Conjunta, integrada por formaciones panarábicas y por el PCI, más la Lista Árabe Unida, sumaron su mayor caudal de votos en la historia israelí.
Al cierre de esta edición todavía no se sabía quién será el próximo Primer Ministro de Israel. Lo que sí queda claro es que ninguna de las dos opciones que están en condiciones de formar Gobierno de acuerdo a los resultados surgidos de los comicios de ayer martes modifican la estrategia genocida que el Estado sionista profundiza sistemáticamente desde hace varias décadas contra el pueblo palestino ni la mirada de fondo que plantea el supremacismo como parte sustancial de la construcción mesiánica del “Gran Israel”.
El sistema institucional parlamentario israelí exige que quienes aspiren a formar Gobierno deben contar con una mayoría absoluta en el Congreso, algo que nunca sucedió desde 1948, o bien construirla por medio de alianzas congresales. De acuerdo al reciente resultado electoral ninguna de las fuerzas llega al piso de los 61 escaños necesarios para esa mayoría absoluta en la Knéset, el órgano unicameral del Legislativo, por lo cual de aquí en más comienza a correr el plazo de noventa días en los que quienes obtuvieron más votos van a intentar formar Gobierno.
Uno de ellos es el Likud, que encabeza Benjamín Netanyahu, que si bien disminuyó sensiblemente su porcentaje de votos en relación a las elecciones de 2022, en las que había obtenido 32 escaños y ahora se quedaría con unos 27 según las últimas informaciones oficiales, fue ayer el más votado de todos. El crimnal de guerra prófugo de la Justicia internacional aspira a volver a construir la alianza con la que gobierna actualmente, en la que se destacan la derecha supremacista religiosa judía, que tiene como principal referente al actual ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, quien se ubica a la derecha del propio premier y propone que las tropas de ocupación deben asesinar a “treinta o cuarenta palestinos por noche” en la Franja de Gaza.
El otro de estos bloques es el encabezado por el ex jefe del Estado Mayor, Gadi Eisenkot, que está integrado, entre otros componentes por el estilo, por la derecha nacionalista y el partido “Los Demócartas”, que se ubica un poco más hacia el centro del esquema de representación política aunque bien lejos de exigir el fin del genocidio en Gaza y de la ocupación ilegal en todo el territorio palestino. Este partido está encabezado por otro militar, el ex subjefe del Estado Mayor, Yair Golán.
Estos sectores buscan diferenciarse de la gestión Netanyahu básicamente en dos aspectos: sus críticas a la corrupción por la que el actual primer ministro tiene abiertas tres causas judiciales, así como por el hecho de que Eisenkot plantea eliminar las exenciones generalizadas de las que gozan los judíos ultraortodoxos para el servicio militar obligatorio.
Cuando todavía, siempre al cierre de esta edición, faltaba contabilizar cerca del diez por ciento de los votos, fundamentalmente aquellos emitidos por soldados que se encuentran desplegados en territorios ocupados, Netanyahu más sus aliados se estarían quedando con 54 bancas y Eisenkot y los suyos con 48 de las 120 que se están poniendo en juego en la Knéset. Lo que queda boyando entre ambos, que a esta altura podría ser clave para el armado de un diseño que garantice gobernabilidad, quedaría en manos de bancadas que incluyen a árabes-israelíes, las que en su sumatoria obtuvieron el mayor respaldo histórico de votos, conquistando alrededor de veinte escaños.
Los guarismos señalan que hasta el momento la Lista Conjunta, en la que participa el Partido Comunista de Israel en el frente Hadash, y la Lista Árabe Unida sumarían 12 y 7 escaños respectivamente. Cabe resaltar también que en Israel la población de origen árabe alcanza al 21 por ciento del total de la sociedad. Pero los árabes son históricamente tratados por Tel Aviv como ciudadanos de segunda categoría, algo que se acentuó todavía más durante el gobierno de Netanyahu, especialmente a partir del 7 de octubre de 2023, con la profundización de un virtual régimen de apartheid.
En este punto es necesario aclarar que aunque algunos machaquen con que “Israel es la única democracia de Medio Oriente”, como lo sostiene sistemáticamente por ejemplo Javier Milei, autoproclamado como “el presidente más sionista del mundo”; para estas elecciones y a instancias de Netanyahu y Ben-Gvir se prohibió a fuerzas que incluían a colectivos árabes, entre ellas a la Lista Conjunta. De esa coalición forma parte el Partido Comunista en el frente Hadash, que junto a Ta’al y Balad, otra de las formaciones de la Lista Conjunta, ya posee algunos escaños en la Legislatura saliente. La proscripción ordenada por el gobierno en septiembre contra ellos y la Lista Árabe Unida finalmente fue revertida por la Justicia y por la movilización popular que se expresó en protesta de esa medida.
El escenario que queda configurado, no obstante, ratifica una tendencia creciente desde hace al menos dos décadas, caracterizada por la fagocitación militarista de un esquema de representación política en el que las fuerzas fundacionales del Estado de Israel fueron perdiendo protagonismo a manos de una dercha cada vez más radicalizada, a punto tal de que hace rato que en la práctica resulta imposible acceder a cargos institucionales de relevancia para quienes antes no hayan sido altos mandos de las Fuerzas de Defensa de Israel, que es como ahí se lo denomina al ejército nacional de invasión y exterminio.
A la vez, resulta prudente recordar que desde su creación el Estado de Israel se asienta en la Ley del Retorno, legislación aprobada en 1950 que garantiza que los judíos de cualquier parte del planeta tengan derecho a la ciudadanía y a habitar suelo israelí. Pero también se apoya en la Ley del Servicio de Defensa, que obliga cumplir con el servicio militar a los hombres durante plazos de 32 a 36 meses, en tanto que en el caso de las mujeres ese período alcanza a los dos años.
Este fomento de la inmigración y el guerrerismo está en la raíz misma de la postura geoestratégica que se sintetiza en la idea del “Gran Israel”, la que sustenta desde una mirada fanática religiosa la inalterable política colonialista del sionismo. Así como también en la doctrina del “enemigo existencial”, de la que se sirven para atacar a prácticamente a todos sus vecinos y a la que han echado mano recientemente para lanzar ataques contra Irán, Líbano y Siria. Pero esta posición también resulta sustentable sólo si Israel sostiene el flujo migratorio y, para eso, debe profundizar el genocidio que perpetra contra el pueblo palestino.
En todo esto coinciden los esquemas que tienen sus máximas expresiones institucionales en Netanyahu y Eisenkot. Y si para muestra alcanza con un botón, ahí está la posición de ambos a la hora de rechazar la Resolución 181 de la Asamblea General de la ONU que, en 1947, postuló la división del territorio palestino que por entonces ocupaba el Reino Británico en un Estado judío y un Estado árabe, algo que desde entonces la administración de Tel Aviv vulneró de forma sistemática, a punto tal de apropiarse de zonas como Cisjordania, la Franja de Gaza y Jerusalén Este.
Si bien es verdad que existen matices entre Eisenkot y Netanyahu, a quien la Corte Penal Internacional condenó por los crímenes de guerra que comete contra la población palestina en Gaza, a la hora de la verdad, tanto uno como el otro, así como las bandas que ellos lideran, son dos dos caras de una misma moneda. Netanyahu y Eisenkot, más allá de sus intereses partidarios, prometen, en definitiva, seguir corriendo hacia adelante con la postura guerrerista que desestabiliza todo Medio Oriente y profundiza el genocidio palestino. Resta ver cómo podrá terciar en esto un bloque árabe y de izquierda robustecido y, fundamentalmente, la movilización popular que ha venido creciendo en Israel contra las políticas de guerra y exterminio.
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