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Elecciones en Estados Unidos: todo está por verse y nada bueno puede esperarse

Elecciones en Estados Unidos: todo está por verse y nada bueno puede esperarse
03 de Nov. de 2026

Hoy terminan las votaciones en la que Donald Trump ve desafiada su preeminencia en el Capitolio ¿Quiénes son los jugadores y qué es lo que se juega? Las facciones del imperialismo yanqui denominadas “globalistas”, “industrialistas” y las más ligadas al complejo tecnológico de Silicon Valley pugnan en el intento por surfear sobre una crisis que responde a la propia dinámica que está inscripta en el ADN del sistema capitalista.

Aunque no es candidato, en las elecciones que culminan hoy martes, la figura de Donald Trump se coloca en el medio de la escena ya que como pocas veces antes en EEUU, unos comicios de medio término pueden condicionar el destino del presidente en ejercicio. Más allá de esto, sea cual fuere el resultado parece improbable que Washington modifique sustancialmente la mirada estratégica imperial en el orden global ni la política estadounidense respecto a nuestra región.

Lo que se elige es la totalidad de la Cámara de Representantes, que tiene 435 miembros, así como 35 de las cien bancas del Senado, instancia legislativa que tiene la potestad de aprobar o bloquear los proyectos de ley que reciben media sanción de la Cámara Baja. También se va a elegir gobernador en 36 Estados. En tanto que en algunos de ellos, los votantes van a decidir el destino de propuestas locales, tal como sucede en California, gobernada por los demócratas, donde se postula la Propuesta 40, una iniciativa que plantea la imposición de un gravamen único sobre el patrimonio de los multimillonarios (y hasta solicitado por algunos de esos propios multimillonarios).

Para poder avanzar en juicio político a Trump, en el caso de los Representantes, los demócratas deberían tener voluntad para ir en esa dirección (algo que no queda muy claro que suceda), pero también contar con una mayoría simple. Más difícil aún la tienen en el Senado, donde precisan una mayoría calificada de dos tercios, número que a esta altura aparece como inalcanzable. Con controlar las dos cámaras, de todos modos, les alcanzaría al menos para iniciar el trámite, lo que podría esmerilar durante los últimos dos años de su gobierno a un Trump sobre el que sobrevuelan acusaciones de corrupción, otras vinculadas a la política represiva de su política migratoria y también algunas inherentes a los gastos derivados de los ataques yanquis sobre Irán, incluida la voladura de una escuela de niñas en un acto de infanticidio imperialista presentado por Washington como “daño colateral”. Por supuesto, entre el largo listado de acusaciones contra el magnate ultraderechista que ocupa por segunda vez la Casa Blanca están los hechos de corrupción y abuso de menores en el marco del Caso Epstein.

Así las cosas, aunque no pueda aseverarse que los números que publican sean concluyentes, las principales encuestadoras (y casas de apuestas, sí) muestran que el índice de aprobación con el que Trump llegó a octubre es bastante bajo. Los sondeos que mejor lo colocan le dan no más del cuarenta por ciento a su favor, algo que resulta comprensible en un contexto en el que los sectores medios a los que interpeló con éxito para ganar dos Presidenciales, se ven hoy muy afectados por los elevados precios del combustible, la vivienda, los alimentos y los servicios sanitarios que empujaron a la inflación más allá del límite fijado por la Reserva Federal.

Se trata de argumentos que pesaron mucho en el relato que el propio Trump enarboló hace dos años para ganarle a Kamala Harris y que ahora se le reprochan, sobre todo, a partir de las consecuencias económicas que para la vida cotidiana de los estadounidenses tienen el cierre del flujo de crudo por el Estrecho de Ormuz y la guerra de aranceles impuesta por la Casa Blanca. Tampoco ayuda a su imagen entre una franja importante de sus votantes en elecciones anteriores, la persecución de personas migrantes, que redujo significativamente la oferta de mano de obra barata en muchas regiones del país y dentro de cuyo sector también había un nicho de votantes trumpistas que actualmente ha disminuido.

Queda claro que a la hora de cuestionar a la presente administración los argumentos no faltan, ya que durante los últimos dos años se profundizó la violencia racista, las deportaciones arbitrarias e inhumanas de inmigrantes encarnada por el ICE y la ejercida por la Policía contra personas negras, hispanoamericanas, de origen musulmán y trabajadores en general. Estas son apenas unas pocas muestras dentro una extensa enumeración de acciones que al mandatario republicano le juegan en contra. Ahí se puede incluir a la guerra de agresión imperialista contra Irán, el apoyo al genocidio del pueblo palestino, el redoblamiento del bloqueo a Cuba, el ataque a Venezuela asociado al secuestro de su presidente y su compañera más la apropiación ilegal de su petróleo, y el reciente refugio otorgado a su marioneta derrotada por Lula en Brasil, Flávio Bolsonaro. Todo esto no parece estar dándole réditos electorales a Trump y los suyos; más bien lo contrario.

Las iniciativas del “Make America Great Again” (MAGA) están estructuradas desde una matriz cultural profundamente macartista, patriarcal y regresiva en todos los aspectos, que reniega de derechos civiles que desde mediados del siglo 20, y siempre con sus limitaciones, amplió EEUU. Este régimen, que de alguna manera se plebiscita en estas elecciones de medio término, transita aceleradamente un recorrido que amenaza con desmantelar lo poco que queda en pie de democracia liberal burguesa en el “país de la libertad”, traspasando definitivamente los pocos límites que lo separan de convertirse en una dictadura de tipo fascista.

Abriendo el paraguas de antemano, el presidente yanqui apeló a su repertorio habitual de bravuconerías y anticipó que si los resultados de la elección no le son favorables, no le importa porque igual va a gobernar imponiendo con vetos y decretos su voluntad, algo que suena familiar por nuestros pagos. “Voy a convertirme en el Señor Veto”, amenazó ayer ante la posibilidad concreta de ese escenario.

¿Pero hay una alternativa real dentro del esquema de representación política que presenta EE.UU.? En este punto cabe recordar que quienes votan antes tuvieron que registrarse y, para ello, debieron cumplir con una serie de requisitos que a priori marginan o limitan a buena parte de la clase trabajadora, ya que las elecciones de medio término se hacen en día laboral. A la vez, los distritos por los cuáles se eligen representantes son delimitados mediante acuerdos secretos entre republicanos y demócratas. Para que quede más claro: es como si acá se armara un distrito fusionando entre Nordelta y Recoleta con La Matanza.

Por otra parte, aunque es verdad que hay casos que merecen ser elogiados dentro del “ala izquierda” del Partido Demócrata (con las limitaciones del caso), referenciada en el autopercibido “socialista” alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, y entre algunos candidatos independientes también; lo cierto es que sería un error considerar que un triunfo electoral de ese partido puede representar un cambio significativo en la dirección que tiene un esquema de representación política que, como el estadounidense, está absolutamente fagocitado por las facciones que pugnan dentro del actual momento que atraviesa la crisis del sistema capitalista salvaguardando, en cualquier caso, los intereses imperiales.

 

Silicon Valley

Otro punto que se coló en esta campaña electoral es el vinculado al papel que la administración federal debe jugar respecto al desarrollo acelerado y monopólico de la inteligencia artificial. Dentro del mismo Partido Republicano coexisten una facción que postula que resulta necesario regularla (y terminar favoreciéndola con esa misma “regulación”) y otra que se posiciona defendiendo, para este caso, el libre mercado y el aceleracionismo de su desarrollo en la carrera que mantiene EEUU con la República Popular China en la materia, que a esta altura podría compararse a la carrera por la “Conquista del Espacio” con la URSS en plena Guerra Fría.

Públicamente, Trump se declara partidario del bando que rechaza la idea de avanzar con una legislación que le brinde al Estado herramientas para meter las narices en el desarrollo de esta tecnología. Sin embargo, más allá de la postura presidencial, en este tópico se presenta una lucha larvada que existe entre los dos principales aspirantes a suceder al líder republicano, que no son otra cosa que alfiles de los verdaderos jugadores de una partida en la que se disputa el perfil que espera tener EEUU durante los próximos años. Es que el actual vicepresidente, J. D. Vance, dio su paso hacia las grandes ligas yanquis patrocinado por Silicon Valley; mientras que su rival interno, el secretario de Estado, Marco Rubio, representa a una mafia derechista más tradicional. Tal como Trump, ambos juegan el mismo partido y son claros ejemplos, con sus contradicciones secundarias, que sirven para derrumbar el mito de que en la democracia liberal burguesa “el voto decide”.

En definitiva, no se trata de otra cosa que de dirimir cuál será el marco de negocios con el que lo más concentrado de la clase capitalista que actúa a nivel global pueda continuar maximizando su tasa de rentabilidad. Las facciones en pugna representan diferentes fases y esquemas de negocios para zanjar cuál va a tener preeminencia sobre la otra, pero sin alterar la esencia de una creciente violencia económica y militar con la que el imperialismo yanqui intenta a toda costa recuperar la hegemonía perdida a manos del desarrollo del mundo multipolar.

No obstante, acá hay un punto novedoso, porque otras veces Estados Unidos pudo saldar sus crisis exportándolas, tal como hizo con la Gran Depresión, que encontró su punto de fuga con la participación en la Segunda Guerra Mundial y, a su salida, en Bretton Woods. O dos décadas y media después, cuando entrados los setenta la cuenta del Nixon Shock se pagó con la imposición de una extrema financierización que tuvo su emblema en el sobreendeudamiento a fuerza de sangrientas dictaduras, algo que impactó especialmente en nuestro continente. Esta matriz impuesta por el Imperio es la que, desde entonces, viene padeciendo Argentina y buena parte de la región y del planeta. El multipolarismo se aleja de esos esquemas coercitivos. Y esta vez, la crisis del sistema capitalista es de tal magnitud que golpea fronteras adentro de los EEUU con más fuerza que antes. Esto explica por qué un gobierno como el de Trump, que ganó elecciones prometiendo que iba a revertir el proceso de deslocalización industrial heredero del Nixon Shock y el neoliberalismo más ortodoxo, acaba implementando políticas represivas contra trabajadores estadounidenses que siguen esperando “la revolución productiva y el salariazo” del MAGA.

Ese es el trasfondo que tienen estas elecciones al norte del Río Bravo, en las que, por distintos caminos, se enfrentan los mismos desafíos de índole geopolítico, geoestratégico y geoeconómico con el objetivo de intentar apuntalar la declinante hegemonía imperialista ante los avances de la República Popular China, la Federación Rusa y sus organismos de cooperación multilateral. Tras el fin de la Guerra Fría, la disolución de la URRS y la proclamción de un mundo unipolar, aparecen actores de peso que destierran en la práctica la teoría de Francis Fukuyama del “fin de la historia” y, por fuera de la anglosfera y de las reglas que había establecido occidente en la cresta de la ola del neoliberalismo, aun con sus contradicciones a cuestas, esos actores van reconfigurando el orden mundial.

Para intentar resolver esta situación, Washington viene echando mano a guerras localizadas que, en todos los casos, persiguen el mismo fin: obturar y hacer retroceder el avance de un mundo pluricéntrico. Las tensiones se agudizan y el peligro de una contienda generalizada (y de una escalada bélica nuclear) aparece a la vuelta de la esquina. Entre otros factores, porque fundamentalmente hay causas económicas estructurales para EEUU que, con su inalterable concepción imperialista de “gendarme del orden mundial”, le plantean pocas opciones de salida a su crisis por otras vías.

Al respecto, el resultado de la elección puede dejar sobre la mesa algunos datos para tener en cuenta. Una de las movidas tácticas más claras de la administración Trump se vincula a una suerte de acuerdo tácito de no agresión que alcanzó con Rusia, por el que fue retirando paulatinamente su apoyo al régimen de Kiev buscando apurar el fin del conflicto, claro está, con más interés en cerrar negocios que en alcanzar la paz como un fin en sí mismo. De esta manera, Washington va focalizando cada vez más su lívido en la Doctrina “Donroe”, lo que incluye desde el refuerzo de la presencia militar estadounidense en Groenlandia hasta la profundización del bloqueo y el asedio a Cuba, así como la incursión en Venezuela y la intromisión en elecciones (y en la política interna en general) de América Latina; injerencismo marcado por iniciativas político-militares como la del Escudo de las Américas y una retórica propia de los años del Plan Cóndor.

No sería sensato decir que un triunfo demócrata cambiaría sustancialmente la ecuación y, por ende, la posición yanqui respecto a nuestro continente al que, desde ambos lados del bipartidismo del sistema institucional estadounidense, consideran como “su patio trasero”. Si para muestra alcanza con un botón, sólo hay que recordar Barak Obama fue clave en la génesis del “lawfare” que se cargó a más de un gobierno progresista en Nuestra América. Pero no deja de ser verdad que en el decálogo del Partido Demócrata aparece con mayor relieve, por ejemplo, la voluntad de separar a Europa de Rusia, ya que si los europeos articularan un bloque energético con Moscú, además de integrarse al Puente Terrestre Euroasiático que va hasta China como eje estratégico de la Ruta de la Seda, dejarían de precisar la tutela y la energía yanqui. Tutela y energía que, por cierto, pagan demasiado cara y que aporta a ocasionar problemas económicos y estallidos sociales que en estos días se expresan con fuerza en múltiples ciudades del “viejo continente”.

 

Facciones en pugna

Con este telón de fondo cabe insistir que en estas elecciones estadounidenses aparece la disputa entre dos facciones de la clase dominante y que una de ellas (la que está perdiendo) es aquella más vinculada con el capital industrial productivo, el que genera riqueza (para unos pocos) y trabajo (cada vez peor pago en el afán capitalista de recuperar la tasa de ganancia perdida) y que es desde donde, con éxito, Donald Trump interpeló a buena parte de la sociedad para convertirse en presidente. Sin embargo, en el balance de su mitad de mandato, la realidad social da cuenta de que no cumplió con el “sueño americano” expresado por el proyecto MAGA. Y, según todo parece indicar, muchos de esos (no tan) antiguos votantes ahora le darían vuelta la cara.

La otra de esas facciones está más vinculada al capital financiero, una facción “globalista”, interesada principalmente en establecer un dominio planetario por medio de redes financieras transnacionales sin que los gobiernos metan la cuchara en sus negocios y sin que sea necesaria demasiada presencia militar para garantizar sus intereses (dicen por el momento). Por eso es que en estos días desde sus usinas se critica la intervención estadounidense en Irán. No porque sean humanistas o pacifistas, sino porque la que califican como un derroche.

Tradicionalmente esta es la facción imperialista que aparece asociada al Partido Demócrata. Para ejemplificar, dentro de ella, con un paradigma en el dominio global por medio de redes tejidas por el capitalismo parasitario financiero aparecen jugadores como S&P y la Banca Rotschield, conectadas con la aseguradora Berkley Corporation. Hay en este universo también otras expresiones imperialistas financieras pero que todavía necesitan más del soporte que brinda el Estado. Ahí están grupos como el JP Morgan, que tiene empresas como Halliburton, la misma que ahora hace negocios en Vaca Muerta y que no hace tanto, por medio de su filial Kellogg Brown & Root, los hiciera fabricando la guerra y la “reconstrucción” de infraestructura en Irak.

Entonces las dos tendencias dominantes que se enfrentan en estas elecciones son, por un lado, una “globalizadora” que responde más directamente a los intereses de la gran banca financiera transnacional junto a sus principales agencias y empresas. Su ideal pasa por un mundo descentralizado en donde el capital especulativo pueda reproducirse libremente, reservando a los Estados el papel de poder policial para disciplinar y mantener cierto orden que resguarde sus privilegios.

Por otro lado, está la facción imperial “nacional” asociada a Trump, la que sin dejar de servirse de la fase financiera imperialista para imponer en otras latitudes gobiernos ultraliberales que, como en el caso paradigmático de la Argentina de Javier Milei, le sirvan de fuente inagotable de recursos para el capital monopólico industrial-tecnológico; promueve a la vez un Estado (el yanqui) fuerte e intervencionista.

Más allá de estas contradicciones en el seno del imperialismo, lo que hay que subrayar es que, por sobre todas las cosas, se trata de universos que tienen puntos de imbricación, tal como se manifiesta con claridad en el complejo militar-industrial y en los conglomerados massmediáticos. Además, durante los últimos años irrumpió en la escena otro jugador clave, el de los gigantes tecnológicos de Silicon Valley, que abiertamente exhiben su voluntad de controlar al esquema de representación política estadounidense.

Aunque en la superficie pueda suponerse que todo esto prueba la existencia de una puja profunda entre la economía “real” y la financiera, lo que en realidad deja al desnudo esta disputa interna es que sólo se trata de facciones capitalistas que corren hacia delante desesperadas por maximizar tasas de beneficio y sostener una lógica de acumulación sobre la base de la explotación de la clase trabajadora. En este escenario complejo caracterizado por la agudización de una crisis capitalista de carácter civilizatorio se combinan aceleradas transformaciones tecnológicas con exigencias de niveles de productividad cada vez más altos. Esto, desde la lógica pura y dura del capital, conlleva a la expulsión masiva de trabajadores, lo que a su vez trae aparejado efectos letales sobre la demanda efectiva y genera sobreproducción porque hay menos salida de mercancías. Asociado a ello emergen problemas fiscales, dado que sencillamente con menos consumo y menos masa salarial se pagan menos impuestos.

¿Qué quiere decir todo esto? Que por más que usen trajes caros, sólo son bandas de señores de la guerra que con extrema barbarie responden a diferentes facciones e intereses tribales del imperialismo. Republicanos y demócratas, “globalistas”, “industrialistas” y los tecnomagnates de Silicon Valley, intentan surfear sobre una crisis que responde a la dinámica propia del capitalismo. Una crisis que surge de las contradicciones de clase inherentes al propio proceso de acumulación capitalista y, para resolverla a su favor, el capital apela a fórmulas cada vez más autoritarias.

Así las cosas, y aunque aparecen manifestaciones de resistencia en la sociedad estadounidense ante la violencia que se profundiza desde la administración Trump, como la del movimiento No Kings, sería cuanto menos exagerado decir que un resultado electoral adverso para el actual presidente yanqui pueda ser el desencadenante de un proceso de toma de consciencia crítica capaz de darle volumen político a lo que hasta ahora se pronuncia como protesta.

Lo que se expresa en la tensión que rodea a esta elección de medio término es el momento que atraviesa la propia crisis del sistema capitalista. Una tensión, al fin y al cabo, que deja en claro que al descalabro actual no va a sucederle automáticamente otro momento en el que se consiga, por medio de pactos entre las distintas facciones en pugna en el tablero de la política estadounidense, el advenimiento de actores que desde adentro de la burguesía imperial resuelvan desigualdades que son cada vez mayores al interior de su sociedad y promuevan un orden global basado en el respeto a la soberanía de los Estados y en una paz estable y duradera.

Como se dice en Hollywood, al parecer todo está por verse. Y la clase trabajadora, en Estados Unidos o en cualquier otro país del mundo, no puede ser espectadora de su propia ruina.

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